martes, octubre 31, 2006
Y encima...
Ella está ahí, al lado de él, linda como siempre (como nunca también). Y él no para de mirarla, tarda en tomar valor, y al final se atreve. Le dice, no una, sino dos veces, que le gusta mucho. Simple. Nada más que eso, ya que sabe que toda respuesta será negativa. Ella lo escucha, mira hacia otro lado y se va. Sin decir nada. Él no puede menos que desear que hubiera sido mejor que le hubiese dicho que no, rotundamente, pero que le hubiese dicho algo...

Y encima perdió Ñúvel...

Carajo.

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viernes, octubre 27, 2006
Una cierta noche de primavera
El cajón estaba abierto. La ventana cerrada, la puerta también. Nada faltaba, todo en su lugar. Pero el cajón estaba abierto. La angustia aumentaba poco a poco, sin demasiado sentido; sólo por un cajón? Sí, por un cajón. Porque estaba abierto, y José se acordaba - patente patente - que lo había cerrado cuidadosamente antes de salir. Antes de tomar el saco y ponérselò, mirando alrededor, buscando lo que olvidaba llevar y pensando - cuidadosamente - en los pasos a seguir de ahí hasta la noche, en que podría dejarse acurrucar por la tranquilidad. Estaba bien cerrado cuando, la mano en el picaporte, las llaves colgando del pulgar, la otra mano en el interruptor de la luz; miraba por última vez la única pieza del departamentucho inmundo; la última mirada justamente - exactamente - en la quieta cerretud del cajón. Pero ahora no. Ahora estaba abierto, no del todo (unos milímetros salido hacia afuera, sin que se pudiera aún ver su interior) pero abierto. Y él no lo había dejado así, estaba seguro. Si, segurísimo. No, no hay forma que, por un descuido, lo hubiera dejado apenas arrimado, sin cerrarlo herméticamente cual su costumbre, hasta el fondo, rempujando. No, no podía ser, y la angustia le trepaba por la tráquea, generando un incontrolable temblor de sus extremidades superiores. No podía permanecer allí, no era seguro, hay que irse. Ya. Tomó sus cosas: las llaves, la billetera... la carpeta?... había que abrir el cajón. Qué tema, había que abrir el cajón. Se acercó, sopesando las posibilidades de salir sin la carpeta. Se agachó, mirando de cerca el cajón, pensando. Lo acarició, la áspera textura de la madera dura, del mueble viejo, cuya última lijada fuera muchos años atrás, las vetas marcando sus dedos. Pensando, valía la pena?, salir, dejar todo. Porque andá saber si podría volver. Tendría que consultar. Con Miguel. Si, con Miguel, el es de confianza, el sabría. Miró alrededor, la noche debe ser cerrada ya, imaginaba a través de la persiana también cerrada, desvencijada, despintada. Clavó los ojos al cajón, la madera oscura, generalmente depósito de confianza. Retiró la mano. Se incorporó, tomó la manija, inspiró, y lo abrió de un golpe. La carpeta estaba allí, junto al resto de las cosas: el mazo de cartas, el abrecartas, dos biromes vacías, tres monedas de un centavo. Tomó la carpeta y cerró el cajón de un golpe fuerte, seco, dejándolo cerrado completamente, el borde superior del cajón debajo del borde inferior de la cajonera. Encaró la puerta con vigor, la abrió y, con el picaporte, las llaves y la carpeta en una mano, y la otra en el interruptor de la luz, miró alrededor, dejando para el fin la vista del cajón. Inspiró y cerro ambas: luz y puerta.
Bajó por las escaleras y no por el ascensor los tres pisos. La angustia lo ponía así. Al salir a la calle, la noche era completa. Nadie por allí, las luces apagadas, la gente tenía la extraña costumbre de dormir en ese barrio, a esa hora. Lo único que iluminaba la existencia eran las dos luces por cuadra, luz tenue y amarillenta. Caminó a largos pasos las cinco cuadras hasta la avenida, haciendo caso omiso de los ruidos a su andar -- gatos, un tacho de basura demasiado lleno que pierde su equilibrio, un auto que correría a algunas cuadras de allí, un charco inoportuno que se interpuso entre la baldosa y su pie izquierdo; por estricto órden de aparición. La avenida estaba algo más viva; un poco más de diez personas habría dando vueltas por allí, viendo vidrieras, apurándosè para llegar a casa; la mayoría en el bar, dónde el entró a pensar, acompañado por un café con leche, grande, humeante, y por el gato que dormía sobre la mesa de al lado al llegar él, y que desde entonces no hacía más que mirarlo, con cara de sueño. Pensar, pensar, pensar. No hizo más que pensar en la hora y media que allí quedó. Primero, en qué debería hacer, a quién consultar, a quien contar que estaba sucediendo, el motivo de su angustia, de su inquietud. Miguel? debía estar durmiendo. Era de confiar, su primera opción, pero ahora no sabía, Miguel sabía tener poca paciencia con él. Quizás debería dejarlo como opción para algo de más difícil solución. O si no... Matilde. Podía ir con Matilde, ella dormía poco, y se acostaba tarde, no tendría problemas con ella. Sobre todo porque ella siempre supo recibirlo con un espacio en su cama. Pero no podría contarle nada en realidad. Porque ella no podía darle consejo en este asunto, y porque en realidad sabía que a ella no le importaba un corno. Así pasó su hora y media. Pensando. Varias veces casi decidido, a punto de levantarse de la silla para ir de Matilde. Pero no. No. En esa hora y media su angustia fue decantando, se aminoró, pensó con frialdad. No sabía en realidad si habia cerrado herméticamente el cajón. Salió tan apurado que podría haberlo dejado así, pensando que lo había dejado como siempre. Claro. Puede ser. Podría haber sido así. Por qué - pensaba él - se dejaba llevar por su debilidad de carácter. Siempre tan atolondrado. Insinuaba una sonrisa mientras se levantaba y dialogaba consigo mismo sobre la conveniencia de dejar 25 o 30 centavos de propina. Qué tonto, pensó, en las cuadras de vuelta a su departamento; como podía ponerse así? Que tonto...
Abrió la puerta, miró el cajón, sonrió, casi rió - pero es estúpido reir solo, siempre decía - se quitó la ropa, rápido, porque tenía sueño. Fue a abrie el cajón y se paró en seco. Casi casi se le escapa una risa. Lo abrió lentamente, dejó la carpeta y lo volvió a cerrar. Apagó la luz y se acostó, comenzando a dormirse casi instantáneamente al taparse con la frazada, mientras pensaba como podía haber imaginado tantas cosas, si aún al volver a salir, había dejado el cajón de la misma manera, apenas acercado.
La oscuridad se asentó en la pieza, y por debajo de la cajonera relucieron dos pequeños ojos rojos, brillantes.

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Eh, loco, eh!
Eh, blóguer puto..., dejame subir imágenes...! Botón.
 
suspiro exagerado de Juansolo como a las 10:48 | Permalink | 1 comentarios
Bailando por un sueño
El otro día tuve un muy buen sueño, que pasaba de todo. Era recontra movido y hasta divertido. En realidad, tuve dos (2) sueños, pero el que digo estaba mejor. Me desperté y me lo conté, como siempre hago para acordarme de los sueños. Me reí un rato y me volví a dormir. Después, al otro día, mientras me duchaba, me lo conté de nuevo, y me reí un poco más. A la media hora me lo olvidé. Y nunca más me voy a acordar... creo (mi inconciente se empeña en dejarme mal parado, asique capaz que mañana me lo acuerdo).

Me da mucha bronca no recordarme los buenos sueños. Por alguna razón, siempre me acuerdo de los más pedorros, como el que tuve el mes pasado que consistía en que me compraba un cepillo de dientes... Colgate Microsonic... Un sueño de aquellos...

Sin embargo, en mi vida tuve un par de sueños extraños:

* El año pasado soñé que, con mis compañeros de la facultad, organizábamos un fusilamiento, como para amenizar el día antes de ir a un cumpleaños (!). Entonces, muy felices, preparábamos listas de fusilados y al mismo tiempo, comprábamos las cosas para la fiesta de cumpleaños (!!). Al final, poníamos a los fusilados en una grada de dos escalones (!!!) y enfrente, todos nosotros con fusiles. Al momento de decir fuego, la mitad nos cagamos, y la otra mitad disparó, haciendo que la mitad de los fusilados caiga muerto. Hubo un momento de estupor y uno de los a fusilar (que era un compañero de la facultad [!!!!]) salió corriendo, por lo que alguien lo mató de un disparo por la espalda. El sueño terminaba con todos llorando abrazados a nuestro compañero muerto... Ése es un sueño!...

*Cuando era chico, soñé que con mi familia vivíamos en la cima de una montaña. El mundo vivía en guerra, y mi viejo peleaba (para los buenos, creería) como aviador. Mi viejo volvía a casa por un fin de semana, y venía con el avión (un biplano tipo primera guerra mundial). Pasado el fin de semana, mi viejo se despide y, antes de subirse al avión, nos dice a mi vieja y a mí que cuando se esté yendo no lo veamos porque puede desaparecer. Se va, y yo no puedo resisrtir y abro los ojos, veo el avión y a mi viejo desaparecer en el aire. A partir de ahi, el sueño se convierte en la búsqueda de mi viejo... por túneles subterráneos! En esa aventura, hago amigos y me pasaban un montón de cosas que no me acuerdo...

Martin Luther King un poroto al lado mio...
 
suspiro exagerado de Juansolo como a las 09:18 | Permalink | 3 comentarios
miércoles, octubre 25, 2006
Guarda la piedra!!!!, Ahhhh!!!! la piedraaa!!!!


Ayer estaba viendo TN, y daban el pronóstico que decía: "lloverá a la madrugada, pero no se espera granizo"... Resulta que ahora en Porteñía les agarró la fobia al granizo. Cae un granizado (mmmm... chocolate granizado) fuerte y todos se ponen como locos cada vez que llueve!! Por favor, si cada año hay dos o tres de esas granizas... toda la vida... y nunca pasó nada grave. Está bien, fue MUY fuerte la última piedra que cayó, pero es algo excepcional... Si yo me acuerdo que cada vez que caía piedra me asomaba a la ventana a agarrar los yelitos para comermelós, agua pura.

Qué va ser lo próximo?: si en una tormenta eléctrica le cae un rayo a un tipo, entonces cada vez que se pronostique lluvia van a salir a aclarar si va a ser tormenta eléctrica, y la gente se va a encerrar en sus casas para que no le caiga el rayo inevitable que le tiene que caer en la cabeza, porque 'si le pasó a uno, me tiene que pasar a mí'?

Por qué somos tan unidimensionales? Cuándo vamos a madurar? Existe la vida después de la muerte? La estupidez es contagiosa? Hay vacuna? A cuánto está el kilo de camote?

Estos porteños están todos locos, menos mal que me fui.

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viernes, octubre 20, 2006
Mare et coellus

Whole Hole, More Rogue.

Whole you fill me
with those eyes
which tears me apart
with your look-across.

Hole you left me
hiding yourself
have I seen it right?
hooking me, you, suddenly shy?

More I need
minding your presence
melting our minds with
my body essence.

Rogue you are
renting my heart
running away and
risking you and I

20/10/2006, 01:45.


Mare et coellus.

Quisiera recorer
Mar y cielo
toda la eternidá,
nunca claudicar.
Hasta morir ver
su confusión,
desear que nunca me deje;
y me diga hasta el fin:
'querido, contigo me quedo,
nada más deseo que
verte mirándomè así:
como la primera vez,
con el ansia
de recorrerme,
de anclarme,
de disfrutarme,
de serme'.
Mare et coellus,
sos mi síntesis,
espejo profundo
de mi oculto yo.

19-20 oct. 2006.

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miércoles, octubre 18, 2006
Un simple placebo
Comunicado Nº 12: Se decreta que hasta que surjan las ideas, cualquiera que todavía quede circulando por esto, puede entretenerse con lo que sigue, algo que escribí hace aproximadamente un año, cuando estaba en otro lugar intelectual diferente al actual. A bientôt!.

Con ustedes...

Quiero perderme en la ciudá.

Quiero perderme en la ciudà, doblar cierta esquina conocida y adentrarme en calles desconocidas, llenas de librerías, disquerías, videoclubes, negocios más extraños, llenos de gente como yo buscando perderse en los placeres de descubrir lo desconocido en la ciudà harto conocida, esa que en poco tiempo podés recorrer y comenzar imperceptiblemente a reconocer sus recovecos - aunque siempre haya algo o alguien que te sorprenda en ese lugar donde pasaste miles de veces antes, sin darte cuenta de lo que allí había, esperándotè, buscándotè, en silencio, expectante, ardiente pero frío, oculto. Entrar en una librería con aura extranjera, en una vereda que nunca he visto antes; ésa es mi esperanza. Y es allí, en esas calles oníricas, dónde espero encontrarte. Cortázar hizo vagar a sus personajes por una ciudà extraña, dónde siempre era de noche, dónde habitaban cientos de personas que viajaban en tranvías y se cruzaban en raras plazas de aura centroeuropea, en dónde esos personajes malditos por la desesperanza y la cercanía de la muerte de su pobre espíritu se encontraban, oníricamente, toxicológicamente, insanamente, para destruirse mutuamente en perpetua búsqueda. No es así mi sueño. Es la mía una ciudà luminosa, alegre y esperanzada. Allí todos estarán como sé que me sentiré yo: con la felicidà de haber encontrado ese buscado lugar en el mundo, dónde las imágenes de los objetos y los sujetos que los traen a sus realidades sean extrañamente familiares y queridos. Serían imágenes traídas al mundo en mis retinas a través de años de juntarlas por mi incursión itinerante e iterativa por los mundos audiovisuales que nos rodean, sin darnos cuenta de cómo nos moldean, a sus imágenes y semejanzas, que son a su vez moldeadas a imágenes y semejanzas de cientos, miles de sujetos como vos y yo, formando, imperceptiblemente, una construcción intelectual colectiva multicultural, no establecida – mayormente, nunca puede nada sustraerse de lo ya establecido – por lo dominante y opresivo. Esa construcción colectiva es elegida por quien participa en ella, concientemente, sabiendo que también es uno quien crea esa construcción, aunque sea simplemente eligiendo qué parte tomar de ese colectivo multiplicador de lo existente, de aquello que nos hace grandes, manteniéndonòs por siempre infantes en esa búsqueda del placer intelectual y sensitivo. Son intelectualmente muertos aquellos que han madurado definitivamente y se dejan estar en las chatas aguas del conformismo no pensante. Esa gente seria que ha sentado cabeza, que buscó en una titilante seguridà que ha formado a su alrededor, sin saber que en cualquier momento todo puede caerse como una interminable pirámide de cartas; esa gente es la que nunca entrará en las calles que yo construyo, que algún día encontraré al doblar una esquina. La libertà absoluta la consigue quien ha decidido dejarse llevar por sus pensamientos, mandando al tremendo carajo las imágenes de las consecuencias de sus elecciones. Ese “me chupa un güevo” es lo único que nos hace libres, de cagarnos en todas las estructuras y determinar nuestro propio camino, sin atarnos a ningún determinismo simplista o facilista. Lo complejo de nuestro pensamiento nos hace más libres aún, puesto que encontrarnos permanentemente en contradicción dentro de nosotros mismos nos hace dar cuenta de aquello que está mal, de los que nos ata y encontrar aquello que nos desata indefectiblemente, pero no definitivamente. Es un proceso – que existen – en donde uno termina de crecer, sin madurar ni un ápice. Esa alegría infantil de pensar en lo inexistente es el verdadero crecimiento, no la satisfacción madura de verse bien afeitado frente al espejo, con la corbata correctamente ajustada a la nuez y perfumadito desde las orejas hasta el culo. Pelotudear. He ahí el vero crecimiento hacia la libertà y el encontrar la compañía que te hará crecer aún más, hacia dentro. Es un proceso de retroalimentación: sale de tu cabeza el intelecto en forma de maravilloso pelotudeo, para volver a entrar como alimento del propio intelecto. Cómo voy a reconocer, cuando doble esa esquiva esquina, que me he adentrado en mi ciudà? Porque la gente que la habite tendrá esa deschavadora sonrisa que anuncia la libertà, esa sonrisa que, día a día, en esta ciudà que no es la mía – que no es la nuestra – veo en vos, y quiero pensar, también, vos en mí.

Rosario, noviembre de 2005.
 
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martes, octubre 17, 2006
É así, che.
No hay caso... no se me cae una idea.

Carajo.

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jueves, octubre 12, 2006
Nostalgia, de escuchar tu risa loca...



Últimamente me estoy poniendo nostálgico. Me estaré poniendo viejo. Más allá de mi sempiterna devoción por la década de 1980 (la patria es la infancia, decía el escritor facho que a todos nos duele querer), la nostalgia me invade por todos los poros.

Extraño:
* Comprarme un alfajor Suchard antes de entrar a la escuela.
* Comprarme un Naranjú al salir, e irme chupándolò caminando hasta mi casa.
* Que mi vieja me lleve al centro, e ir a la Plaza de Mayo.
* El tren fantasma del ItalPark.
* La siesta el 25 y el 31 de diciembre a la tarde tirado en una colchoneta en la casa de mi tío.
* Ir caminando hacia y desde la casa de mi abuelo a la de mi tío de noche, con mis viejos.
* Al Negro, un primo de mi vieja, que era un personaje de aquellos.

Pero lo que más me causa nostalgia son dos cosas.
Una es la mar de gente que se juntaba en carnaval por Avenida Alberdi. Yo estuve dos años: 1982 y 1983, creo. Y me fascinaba, la gente en la calle, yendo y viniendo (no recuerdo si habia comparsas o murgas, o algo), disfrazados, alegres, con mucha, muchísima vida (ironía justo en esa época). Un año me disfracé. De vaquero. Con camisa a cuadros, pañuelo al cuello, un chaleco que mi vieja me había hecho con retazos, y una pistola de juguete. Y nunca me voy a olvidar de lo feliz que fui ese día, trepado al poste de luz metálico (esos de tipo 'escalerita'), en la esquina de Alberdi y Almafuerte...

La otra, que daría cualquier cosa por volver a disfrutar como lo hacía en su momento, es el trencito del Parque Alem. No hay nada mejor en el mundo. Nada. Es la diversión más impresionante que un pibe puede tener en su vida. Puedo paraecer exagerado, pero no, es así. Y no me contradigan.

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lunes, octubre 09, 2006
Mmmm...
El señor Rambo, en un poste que no viene al caso, dice en un momento:
"las mujeres deberían dedicarse solamente a cocinar descalzas y a criar hijos".

Más allá del moderado contenido machistoide dela frase, lo que me dejó pensando (completamente abstraído de la realidá circundante, a decir verdá), es lo de 'cocinar descalzas'. Veamos: lo que mi cabecita maquina, y he ahí la enorme extrañeza de mi forma de pensar, es en la mera imagen de una mujer descalza cocinando. Cocinándomè a mí. Cocinándomè a mí en mi cocina. Viéndola de espaldas a mí, frente a la cocina, haciendo algo simple y muy rico, y descalza. Y mirando de tanto en tanto hacia atrás, donde estoy yo, sonriéndomè y charlando boludeces. Y mientras cocina, descalza, y me habla, prueba lo que está cocinando y toma vino.

Mmmmmmm.... rosquillas...

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viernes, octubre 06, 2006
Jano o Como darse cuenta de que uno vive en universos paralelos


Hay dos vidas en mi. Una existe en el mundo familiar y laboral. La otra, en el de los amigos y la facultá. Ambas vidas corren paralelas sin cruzarse. Y nunca pensé demasiado en ello, hasta que hace poco hubieron de cruzarse, indirectamente (bastante indirectamente), pero saltó a la vista que no lo hicieron. Es que le pasé el teléfono de alguien relacionado a mi mundo familiar-laboral a una amiga, que debía llamar y arreglar para encontrarse y realizar un trámite. Mi amiga me dice que habló y que quedaron al otro día a las once. Al otro día me llama y me dice que estuvo esperando y no fue nadie. Más tarde, me encuentro con esta otra persona y me dice que nadie la llamó.

Es desde entonces que me pregunto si ambas vidas no correrán en mundos paralelos, ambos absolutamente ignorantes e indiferentes del otro. Existen mis amigos o me los imagino? No me imaginaré que tengo familia y laburo? No se. Lo que estoy seguro es que ambas vidas no se cruzan.

Una vez, hace muchos años, enojado con mi vida y mi personalidá, intenté forzarme a mi mismo hacia la esquizofrenia. Me inventé un yo alternativo, que debería tomar control cuando yo mismo no sirviera más para nada. Mi otro yo era confiado, se paraba derecho, no tenía cara de angustia ni de pánico, y hablaba con prestancia. Para no alejarme demasiado hacia el mundo de la locura, el nombre que le puse era Francisco G., siendo Francisco mi segundo nombre y G. mi apellido materno. Nunca tuve éxito, Francisco G. era igual a mi (excepto que se paraba derecho). Y si al dejar de intentarlo, se generó en mi una segunda personalidá en un mundo paralelo?

Mmmm... que interesante.

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suspiro exagerado de Juansolo como a las 16:48 | Permalink | 7 comentarios