lunes, abril 23, 2007
El escritor se fue al descenso

"Es un problema de semántica, Juan. Vos podés decir corrió, cantó, esquina, mujer, refucilos, pieza, miró, pensó, cogió, 'una lágrima dulce caminó por sus dedos hasta su memoria', pero nunca vas a convertirlo en realidad. Son símbolos muertos que se esfuman al minuto. Son palabras, nada más."

"No sabés de qué hablás" le dije, "usás las palabras sin tener idea de qué significan". Terminé el café mientras me terminaba de caer mal la vida, con la risa sutil, pretendidamente sarcástica de Carlos, que hacía bollitos con los sobrecitos de azúcar y los tiraba dentro de la canastita de las medialunas.

"Es el tiempo de la imagen", me siguió molestando, "ahora todo pasa por los ojos. Los escritores ya fueron, pronto serán sólo guionistas. De cine o de historieta. El esqueleto de la imagen: eso serán las palabras en un futuro".

No le respondí. Cualquier cosa que hubiera dicho seguramente sería el preludio de una tragedia. Acariciaba mi cuaderno cuando Carlos recomenzó su desvarío.

"TEC-NO-LO-GÍA", dijo, señalando cada sílaba con el golpe de un dedo sobre la mesa. Estaba sentado de costado en la silla, sobrador y en su mirada relucía su verdad revelada. "Todo es tecnología. El libro es cosa del pasado. Los chicos no se van a dormir con un libro bajo el brazo. Despertate". Me miró sonriendo. Sus dientes brillaban por contraste al oscuro agujero del frontal que le faltaba.

Me cansó. Abrí el cuaderno y escribí: "La cara de Carlos se volvió repentinamente seria. Se tomó el brazo izquierdo que apretaba contra su costado, chilló levemente. Cerró los ojos, se revolvió violentamente y cayó muerto sobre la mesa del bar. Un paro cardio-respiratorio, seguramente."

Llamé a la moza y le pedí aue sacara las cosas de la mesa. Necesitaba lugar para escribir tranquilo. Se llevó el pocillo con su cuchara, el canasto de las medialunas y a Carlos. Se olvidó los sobrecitos de azúcar, los tres apilados en un rincón.

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suspiro exagerado de Juansolo como a las 08:54 | Permalink | 4 comentarios
lunes, febrero 26, 2007
Te vi, me parece que si

Un café, de gusto fuerte, un cigarrillo después, y la vista de la gente que desanda las veredas de la esquina: nada de eso se sintió igual a como él lo experimentó alguna vez. Todo le aparecía vacío y forzado, deslucido, como un desgraciado que en sus peores momentos se esfuerza por intentar revivir antiguas luces. Apareció ella caminando entonces, pura luz y belleza, una estrella desviada del cielo para encandilar a los mortales. Lentamente se desplazaba entre la gente, se detenía por momentos a mirar alrededor, a decidir su camino. Él la miraba intencionadamente, esperando que pase por allí, por él. Finalmente lo ve, le sonríe y saluda, y se dirige hacia su mesa. La luz se intensifica y los viejos momentos de pronto reanudan, en medio de imagenes deslucidas pero simplemente intensas. Ella se sienta y ensayan diversas charlas por sobre las sobras del café. Nada dura, él se cansa y ella sólo desvanece, y con ella la luz, la imagen de viejos tiempos, y la realidad opaca y gris se instala sobre la mesa del bar en la vereda. No hay nada que hacerle. Se levantó, dejó cuarenta y cinco centavos junto al pocillo sobre el azúcar, y se fue, enjugando disimuladamente una lágrima en su mejilla izquierda, silbando bajito.

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suspiro exagerado de Juansolo como a las 12:42 | Permalink | 3 comentarios
jueves, agosto 24, 2006
Miles de tirones de mangas electrónicos atravesando el viento
El teléfono vibró, sonó, tocó su melodía, ansioso, impaciente, dentro del bolso desordenado de Leonor. Sobresaltada, dejó apenas pudo las cosas en la mesa y fue a revolver entre las múltiples cosas hasta encontrarlo. Lo abrió, para ver un mensaje: “Leonor...”, y nada más. No supo que hacer y lo dejó sobre un estante, mientras volvía al trabajo, pensando en qué le quiso decir y qué le iba a responder.

Matías veía por la ventana del bar cómo el sol iba prediciendo su aparición por sobre los edificios al otro lado de la avenida, la mano casi tocando su teléfono, como invocando la respuesta. En la mesa quedaban los restos del café con leche y las medialunas ya comidas, ni siquiera la soda quedaba ya, pensaba, incierto entre pedir a la moza un nuevo vasito de soda (sería gratis?, me lo cobrarían?...) y quedarse simplemente mirando la avenida por la ventana. No daba para pasar la lengua por la mesa, absorbiendo las migas, prolijamente juntadas en mitad de la mesa.

Mientras trabajaba los pocos minutos que bastaban para ganar la parte de su sueldo correspondiente a la hora, Leonor miraba con insistencia al teléfono, con la vana esperanza de que el mensaje sea completado sin su intervención. Nada. Y después... nada. Iba a tener que volver a trabajar unos minutos más para completar la hora, pensaba, porque estaba haciendo su laburo distraída. Algo ansiosa, se levantó, dejando lo que hacía, y buscó el teléfono. Sus dedos, algo torpes, no tanto por la ansiedad sino porque ella es algo torpe, recorrieron las teclas escribiendo un mensaje inquisitorio, imperativo, demandante.

El teléfono de Matías vibró y chirrió, moviéndose por la mesa, un rato bastante largo. Él lo dejó terminar, respetuoso de las funciones de los aparatos. Lo miró con alegría, mientras el aparatito terminaba su danza, realizaba su pequeña razón de ser, su show. Lo tomó con una mano, apretando con el pulgar y sin ver las teclas: su mirada estaba perdida en sus pensamientos profundos sobre su existencia. “Qué pasa?” decía, simplemente. Los dedos siguieron su labor a ciegas, respondiendo la necesidad básica, la incógnita, rápidamente satisfecha. Presionó, finalizando la tarea, la tecla que indicaba, servicial, la función de ‘enviar’, sosteniendo el aparato en el aire, como ofreciéndolo al dios de las comunicaciones como ofrenda. Pipón, el artificio electrónico chirrió indicando misión completa. Sin ver, embobado por la actividad de la calle, apoyó el celular en la mesa, pensando en la realidad de su existencia, si vivía o era invención de otra persona, si su universo no terminaría detrás de la pared que veía allá, de si existía constantemen...

Apenas había Leonor comenzado a trabajar nuevamente, para terminar lo empezado, el teléfono comenzó a llorar irremediablemente, exigiendo su atención, como bebé de familia numerosa. Un poco molesta, dejó las cosas sobre la mesa sin apuro, y fue a buscar el aparato esperando satisfacer la curiosidad originada por aquel primer mensaje. Con torpeza, casi tirando al piso el teléfono, puso la respuesta en la pantalla, que le dijo simplemente: “... te quiero.”. Quedó un rato mirando la pantalla, admirando la puntillosidad del punto final y el detalle de los tres puntos iniciales.

Matías miraba al frente, el sol ya dándole de lleno, por encima de los edificios, y por la manera en que le hacía entrecerrar los ojos, disminuir casi hasta la ceguera, la oscuridad, no pudo dejar de pensar en que realmente él no existía.

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suspiro exagerado de Juansolo como a las 16:23 | Permalink | 0 comentarios